La cirugía debe ser una de las más nobles actividades en el mundo, pero también una de las que requieren mayor responsabilidad profesional: una tarea casi tan arriesgada y noble como la del maestro. Muy a menudo me he preguntado por qué alguien elegiría cortar cuerpos en vez de ganarse la vida leyendo a Shakespeare, siendo abogado o secretaria. En Shakespeare también hay sangre, lo admito, pero él mismo se ocupó de que fuera lo menos real posible.
“Los médicos no saben nada” –dicen algunos. El doctor H. M. -que es cirujano- fue jefe de su área por más de cincuenta años en uno de los hospitales más prestigiosos de mi barrio. Su nombre es sinónimo de fama donde quiera que se lo mencione. Verme semi-desnuda a mí, que fui la más joven de sus pacientes, no le provocaba la más mínima perturbación después de la gran cantidad de mujeres desnudas que había visto en su larga carrera. Jamás dejé de confiar absolutamente en él.
“Te quieren operar para sacarte plata” –es lo que otros dicen… Pero yo pasé por miles de controles y varias consultas durante dos años hasta que finalmente decidieran operarme.
El doctor H. M. es como un oso: altísimo, a menudo impecablemente vestido con un hermoso saco a cuadros –¡siempre el mismo!– y tiene una expresión extremadamente seria en el rostro, casi gruñona. Huele bien: cada vez que entraba a su consultorio podía sentir invariablemente el mismo olor característico. No es simpático, no. Tampoco tiene la calidez que cualquier mujer necesita en una circunstancia como esa. No es atractivo ni joven: tiene la cabeza cubierta de blanco. Y es bastante chapado a la antigua. ¡Qué fracaso –bromeé con una amiga después de la primera consulta- justo cuando alguien va a tocarme al fin! Él no me entusiasmó demasiado, aunque debo confesar que admiré su profesionalismo desde el primer momento. Nunca llegó tarde a su consultorio. Siempre me dio órdenes en imperativo, siempre me trató de “usted”: “sáquese la ropa de la cintura para arriba”-me decía en cada cita, siempre con el mismo tono, siempre con la misma acentuación y siempre sin delicadezas; casi como si fuera una letanía. No lo decía suavemente -como lo diría un amante. Siempre me dio la mano –jamás me besó: es lo que hacen todos los médicos tradicionales.
Cuando me dijo que debía operarme, también me advirtió que tendría que ser pronto, dado que él estaría en el hospital sólo hasta septiembre: después de haber visto a tantas mujeres semi-desnudas, le había llegado la hora de jubilarse...
El día que me interné para operarme había otras dos mujeres en la habitación; pero ninguna conocía a mi querido H. M. Ambas se jactaban de que sus respectivos doctores eran jóvenes y atractivos: una de ellas –la blonda divorciada que injustamente se quejaba todo el tiempo del magnífico hospital en el que estábamos- se mostraba realmente entusiasmada con el suyo, cuyo atractivo físico y juventud parecían ser lo más importante.
Después de pasar toda la mañana y el mediodía en esa habitación escuchando las críticas de mis compañeras de cuarto hacia la poca simpatía de mi viejo y adorado médico, finalmente me llevaron al quirófano. La anestesia no hizo su efecto hasta que vi la cara de H. M. por primera vez desde que me había internado. “Hola, doctor”- le dije. “Hola, chiquita”-respondió él. Nada más dulce que eso pudo decirme jamás desde que lo conocí, pero fue lo suficientemente tranquilizador como para que me quedara completamente dormida, como si él fuera el príncipe Próspero haciendo su último truco. Obviamente, sentí que estaba en buenas manos.
Terminada la operación, pude ver y oír entre sueños a mi cirujano héroe con su saco y su olor a limpio habituales tranquilizando a mi madre, que estaba al lado de mi cama. “Tenemos quince días para hacer análisis en el laboratorio, pero es absolutamente benigno. Mañana vengo a darle el alta”.
Y así lo hizo. Desde ese momento dediqué mi tiempo libre a imitar su voz y su expresión gruñona diciéndome “sáquese la ropa de la cintura para arriba”, mientras mi hermana se moría de risa.
Hoy, veintidós días después de mi operación, he visto al famoso doctor H. M. por última vez. Hoy recibí el resultado final de los análisis. Hoy fue su último día de trabajo: el príncipe Próspero arrojando sus libros. Todo salió bien. “Muchas gracias por todo”-le dije despidiéndome. Como siempre, él me dio la mano y, mostrándose más amable que de costumbre, me respondió con un gracioso “muchas de nadas”, pero yo no pude evitar que la tristeza me invadiera al saber que él ya no volvería a ser mi médico. Mis últimas palabras fueron "Lo voy a extrañar". Entonces él me regaló una desarmada y sonriente expresión. Y su mano apretó brevemente la mía. Salí de su consultorio lo más rápido que pude porque me sabía incapaz de contener las lágrimas. Y aunque mi vida nunca estuvo en verdadero peligro, creo que los médicos siempre -pero siempre- salvan vidas. Próspero era viejo y gruñón, pero también un Príncipe mago. Adiós, Príncipe Próspero: jamás lo olvidaré.



